sábado, agosto 23, 2008

NASA (III)


- Mirad, ¿qué es eso que aparece y desaparece en la laguna? -Preguntó María de 10 años-
- ¿El qué? –contestamos todos-
- Son caimanes- Contestó Matheus tranquilamente.
- ¿Caimanes?...

Ibamos circulando desde hacía tiempo por una autovía recta y larguísima bordeada de lagunas, en cuyas aguas se veían con frecuencia unos círculos concéntricos, producidos al sumergirse los caimanes, eran muchísimos a los que sólo les veíamos la cabeza y menos los que veíamos en tierra dispuestos a sumergirse.

Tan entusiasmados estábamos mirando la laguna, que no nos dábamos cuenta de lo que se veía al otro lado de la orilla.
Se trataba de un promontorio arenoso salpicado de decenas de rampas de lanzamiento, unas estructuras peculiares que actuaban de primicia sobre lo que nos quedaba aún por ver.

- Ya hemos llegado al Centro de Visitantes, hemos de ponernos en contacto con la persona responsable de nuestra visita- Nos iba diciendo Matheus mientras nos acercábamos a la entrada-

Mientras Matheus hacía las gestiones necesarias, me dediqué a hacer una primera valoración del lugar. Esperaba encontrar astronautas nada más llegar, y lo que me encontraba era multitud de personal funcionario de unos 70 años haciendo su trabajo, que aunque un poco lento, con una dedicación que me asombró (este perfil, lo encontramos en todos los lugares oficiales que visitamos durante nuestra estancia en EEUU). Esas personas tan mayores, como decimos aquí, estaban orgullosas de lo que estaban haciendo.

Mientras veíamos aparecer a Matheus con las tarjetas de visitantes, los audífonos y el responsable del lugar, Manolo, los niños y yo, nos miramos nerviosos y dijimos:

- Empieza la aventura, pero primero a desayunar ¿vale?

Nos dejaron unos 20 minutos mientras iban por el vehículo en el que haríamos la gira exterior del Centro Espacial Kennedy.

- Agggg, ¿qué es esto? Pica – decía María mientras se sacaba un trozo de la boca
- Pensé que era dulce - añadía Manolo – Sólo hay Pretzel y donuts. Pensé que la sal era azúcar, te lo dan a elegir con o sin lo blanco.

Yo miraba el aspecto de aquella especie de rosca trenzada, que ciertamente se me antojaba que fuera dulce.
El Pretzel estaba recién horneado desprendiendo un “rico” olor a pan recién hecho, pero la sal que llevaba adherida era tanta que escocía en la boca.
El café venía en un envase enorme y sabía a cualquier cosa menos a café con leche…. Le raspé toda la sal al Pretzel y comencé a mordisquearlo, así parecía que no estaba tan mal. Guardé lo que sobró en la mochila y empezamos la excursión.




(Continuará…)

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